Que ni las apariencias ni el hecho de que monte un motor tricilíndrico le lleven al engaño. El Ford Fiesta ST de segunda generación consigue algo que nos parecía imposible al principio, superar con creces a su predecesor. ¿Quiere saber en qué? Siga leyendo.

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No voy a negarlo, este es uno de los coches que más me ha costado devolver a la marca una vez finalizaba el préstamo de prensa. Sí, cierto es que en elhedonistamotor pasan auténticas bestias de la carretera, pero las sensaciones que me ha transmitido este Ford Fiesta ST de segunda generación son para no querer bajarte nunca de él.

Tampoco voy a negar que antes de ponerme al volante de esta segunda entrega, me había convertido en una persona completamente escéptica… más aún cuando el anterior Fiesta ST me dejó completamente enamorado. ¿Un tres cilindros para sustituir al anterior bloque? Espero que no se hayan atrevido a tocar su chasis… Pensamientos como estos rondaban mi cabeza días antes de poder ponerme a sus mandos.

Te deja frío al principio

El día por fin llegó y con las llaves en la mano me propuse a abrir este Fiesta ST ataviado con un color Silver Fox ST… muy de Fiesta ST. Perdón por el trabalenguas lingüístico, pero si hay un color que defina al utilitario deportivo americano, ese ese el gris de nuestra unidad de pruebas.

Una vez encuentro un lugar tranquilo, me bajo (ahora le hablaré de los maravillosos asientos) y me doy una vuelta por el exterior del vehículo. Para uno hedonistas como nosotros, cierto es que el diseño exterior del coche nos deja algo indiferentes.

De no ser por el comentado color exterior en combinación con las llantas de 18 pulgadas de diseño exclusivo, su línea no llamaría tanto la atención. De hecho, siendo malos, no encontramos demasiadas diferencias con el ST Line que está también presente en la gama (y por un precio más razonable).

Pese a todo, este Fiesta ST tiene ‘mojo’. Desprende algo especial. Quizá sea por el emblema ST en rojo colocado en su parrilla en negro o por los dos tubos de escape situados en su parte derecha trasera, pero dentro de lo insulso que pueda parecerle a muchos, a nosotros nos encanta.

Encajado para siempre

Algo similar ocurre con el interior, pero con matices. Porque al abrir la puerta lo primero que uno encuentra son los asientos firmados por Recaro. Unas butacas tapizadas en cuero y Alcántara que sujetan a la perfección cualquier contorno que se pose en ellos y que, ahora sí, comienzan a dar signos de deportividad en este Fiesta ST.

Encajado en ellos, observo el resto de detalles, conocidos casi todos: volante deportivo forrado en cuero perforado y con la parte inferior achatada, pomo del cambio revestido en aluminio, pedales metálicos o molduras decorativas que, dependiendo de cómo las mires, parecen imitar la fibra de carbono. El resto, idéntico a un Fiesta convencional, con sus cuatro plazas bien definidas, cinco para ocasiones puntuales, y un maletero de 311 litros con dos niveles de bandeja que puede resultar algo justo si queremos realizar algún viaje.

Eliminando prejuicios

Elección que será apta para los más intrépidos, o para aquellos que no sientan respeto alguno por su zona lumbar y/o renal. Porque dada la dureza de sus suspensiones, afrontar un tramo de carretera de más de 100 kilómetros acabará pesando sobre nuestro físico. Lo hará siempre y cuando entremos en modo ‘rutero’, algo para lo que este Fiesta ST no está concebido. La filosofía de las siglas ST es otra. Enfocada principalmente a divertir a sus ocupantes, esto es lo que conseguiremos con el utilitario americano.

Bastará pulsar el botón de arranque para dibujar esa sonrisa en nuestro rostro. El ronroneo que se cuela en el habitáculo y va a parar a nuestros oídos consigue que nuestro corazón empiece a latir más rápido. Dos golpecitos de gas (de esos que es mejor no realizar en frío) y las pulsaciones se disparan.

En este punto es cuando todo rastro del prejuicio inicial relacionado con el motor, desaparece de manera instantánea. Sonando como suena, ya no me parece tan descabellado que Ford haya sustituido el exquisito 1.6 EcoBoost de cuatro cilindros por un no menos excelente 1.5 EcoBoost… ¡de tres cilindros! Como es obvio, la potencia se mantiene intacta, al igual que el par. No obstante, este último ha mejorado el régimen de entrega, pues de 2.500 rpm pasa a unas bajísimas 1.600 rpm, logrando así un empuje fulgurante prácticamente desde parado.

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Entremos en acción

Para enfatizar esta sensación, activo el Launch Control, elemento que solo está disponible si se equipa el paquete Performance. Cuesta 900 € pero resulta casi indispensable si quiere conseguir la plena felicidad. Un sistema que consigue eliminar otro prejuicio, pues acostumbrados a los controles de arrancada automáticos, este manual nos suscitaba cierta desconfianza al comienzo, pero tras un primer intento fallido que nos sirve para conocer el tacto del pedal, salimos como un tiro hacia adelante.

Acompañados de un sonido mecánico extremadamente melódico, que se ha incrementado al activar el modo Sport, en 6,5 segundos ya hemos alcanzado los 100 km/h, con la segunda metida y con una aguja del cuentarrevoluciones escalando sin freno hasta la zona roja. Antes de llegar al corte, pasamos a otra marcha, siempre con una rapidez pasmosa, casi de competición.

Más bondades. La dirección, directa y precisa, nos informa en todo momento de la trazada que requerimos, metiendo el conjunto con solvencia, sin apenas pérdida de tracción. El agarre del tren delantero es elevadísimo apoyado en un diferencial autoblocante mecánico firmado por Quaife que solo podrá obtener si equipa el comentado pack Performance. Con él, el límite de actuación aumenta, pudiendo entrar mucho más rápido de lo que imaginábamos en la curva.

Tras pasar la primera sucesión de curvas, me viene a la mente el anterior ST y lo hace simplemente para hacerme ver lo efectivo y bien resuelto que está esta nueva generación. Poco o nada tiene que envidiar a su predecesor y aunque con el control de estabilidad desconectado sí parece que redondee peor las curvas lentas, a poco que escuchemos el petardeo proveniente del escape al reducir una marcha, nos olvidaremos de cualquier defecto que le podamos encontrar.

Todo ello sin haber comentado el que es uno de sus grandes baluartes: el motor. El tres cilindros de 1.5 litros y 200 CV con desconexión selectiva de cilindros (en determinadas situaciones es capaz de desconectar uno dejando al Fiesta ST como un bicilíndrico), empuja como un demonio. Aunque desde las 1.600 ya notamos cómo avanza con progresividad, es a partir de las 3.000 vueltas cuando se desata casi todo el empuje, llegando sin apenas síntomas de fatiga hasta más allá de las 6.500 vueltas. Un brío espectacular que se apoya en un sonido cautivador y adictivo (no me cansaré de repetírselo, de verdad).

Asequible

Únicamente mejoraríamos de un conjunto sobresaliente, los frenos, pues tras un uso intensivo perderán algo de efectividad, pero tendrá que ser excesivamente intenso. Por lo demás, este Fiesta ST es un juguetito que muchos querríamos tener aparcado en nuestro garaje para disfrutar de una buena ruta sinuosa de fin de semana y acabar reponiendo fuerzas en cualquier restaurante o mesón de nuestra zona.

Situación que resulta ser bastante factible ya que de serie e incluyendo el descuento que anuncia Ford valorado en casi 7.000 €, podrá tener un Fiesta ST en su plaza de garaje por 20.218 €… bueno, mejor dicho, por 21.118 €, porque como le hemos dicho, si hay un opcional que tiene que equipar sí o sí, ese es el pack Performance.

El resto, como la pintura Silver Fox ST (425 €), los faros Full LED (650 €), la cámara de visión trasera (450 €), el paquete de invierno (450 €) o los sistemas de alerta por objetos en el ángulo muerto y tráfico cruzado (400 €), los dejamos a su elección.

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